Skitergia

Parametrizando el mundo



El pastor en la Serra da Estrela

by Skiter on 17 julio, 2013

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Un camino muy goloso

Venia yo de arriba, después de haber subido por el otro lado a lo alto de la Serra da Estrela, gracias a las indicaciones un amable motero, su mujer y su Kawa, que en un semáforo me debieron ver pinta de despistado y cara de andar busc ando lo que todo el mundo debe buscar por aquellos lares: las curvas, obviamente.

La una y media de la tarde, un calor agobiante, más de mes de Julio que otra cosa, y mucha prisa por encontrar Coimbra a tiempo de llegar a Lisboa en el dí­a. Ya habia quedado. El viaje estaba siendo impresionante y un fiasco a la vez. No me habia podido parar ni desviar todo lo que en un principio queria. Prisas, siempre prisas. Ni de vacaciones me libro de ir con prisas.

Así­ que en cuanto vi el camino que salia a la izquierda, ya casi al final de la bajada de la Serra, lo dudé un momento. La pista bajaba aún más, hasta el cauce de un riachuelo, lo cruzaba con un pequeño puente de cemento y continuaba por la otra linde por un camino de tierra más que prometedor.

– ¡¡A la mierda!! Aunque sea de noche, ya llegaré a Lisboa – pensé dentro del casco con la cabeza recalentada por el sol – ¡Ahora por el camino, que ya está bien de asfalto! .

Bajé por la pista de ripio ligero maldiciendo el ABS y las ruedas de carretera, pero sin mayor problema. Hacia el fondo del valle, a lo lejos, se veian dos casuchas destartaladas de madera vieja, subiendo por un camino menor en linea recta, hacia el origen del riachuelo que debia nacer no muy lejos.

Giro a la derecha, enfoco el rudimentario puente y cu ando estoy a mitad esucho una voz fuerte que me grita:

– ¡Para! ¡Para! ¡¡Paratei y echa una foito!! -  O eso me pareció, no se si en portugués, español o en mi imaginación.

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Llegado al rio, en el puente, una voz que me habla.

De las sombras de una retama enorme, en el otro extremo del puente ya prácticamente en la orilla, apareció una mano que se continuaba con un brazo unido a un pequeño hombre, sentado en el borde del puente, con los pies colg ando hacia el agua. Entre mi vista que iba puesta en el puente y las sombras de la retama, no me habí­a percatado de su presencia.

– Vem ieycha una foito hombre, vem. Mira que sitio.

Era un pastor. Sus pocas cabras, apenas una veintena, estaban desperdigadas por los alrededores entre los arbustos y las piedras del rí­o. Al principio, sólo cruzamos un par de saludos, un par de gestos, asentimientos de cabeza y poco más. í‰l balbuceaba cosas en lusitano que yo en mi analfabetismo portugués no entendí­a. Porque por la edad que aparentaba tener, seguramente este hombre hablase un portugués antiguo más cercano al lusitano que al actual idioma oficial. Al poco rato estaba sentado a su lado, con los pies también colg ando hacia el agua y haciendo algo parecido a conversar en portuñol, habl ando sobre de dónde vení­a yo, a dónde me dirigí­a, si habí­a subido a la sierra y cosas así­.

El hombre tenia la friolera de 82 años, pero con una lucidez mental que ya querremos muchos si llegamos a esa edad. Parco en palabras, eso si. Pero con una mirada profunda y unas manos que bien podrí­an clavar clavos a golpes de lo curtidas que estaban. El rostro pulido por el sol, con ese moreno más de frí­o de monte que de sol.

– ¿Y dónde vive usted?

– Ahim – dijo simplemente señal ando las desvencijadas casas.

– ¿Usted solo?

– Si. Com las cabras.

– Madre mia. ¿Todo el año? – él asentí­a – ¿Y que come usted aquí­ arriba?

– Pam.

– Pan?. Pero pan y nada más?

– Y Queijo – hizo breve pausa d ando el tema por terminado y, sin dejarme decir más, me preguntó – Teis una garrafa? Trai una garrafa y bebe un pouco dagua.

Se referí­a a una botella y me decí­a que bebiera agua del rí­o. Me acordé que llevaba una pequeña en una de las maletas de la moto y fui a por ella. Sinceramente, habria preferido beber de más arriba, donde el agua saltase más y estuviera mejor aireada o, al menos, donde pudiera ver claramente que no tenia mierdas de cabra, vaca o cualquier otra cosa cerca disolviéndose en el caudal. Pero lo que no mata engorda, y no me iba a poner con remilgos delante de ese pastor. Dejé el tapón arriba, trastabillé hasta el agua entre las piedras como pude, con las botas de moto, y llené la botellita.

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A la sombra de una retama, una manos bien curtidas.

Estaba buena. Estaba muy buena y muy fresquita. Como solo en el monte sabe. Bebí­ y rellené varias veces, y cu ando me hube saciado y quitado el calor, rellené la botella una vez más con la intención de llevarmela en la moto. Pero al ir a retrepar, me patinó una bota y casi me parto la crisma, termin ando con los pies en el rio, con el agua hasta las rodillas. Así­ que al volver a intentarlo, primero le pasé la botella al pastor para poder usar ambas manos para asegurarme, sin miedo a derramar el agua de la botella sin el tapón.

Cuál fue mi sorpresa cu ando al llegar arriba y levantar la vista del suelo, el pastor estaba remat ando la botella y, sonriendo por el placer de haberse refrescado también, decéa:

– Aaaaahhhh…que boa.

Que listo el tí­o. Se la habí­a bebido. Me pilló desprevenido, pero no pude hacer otra cosa que reirme al ver la cara de placer del anciano. Me imagino que con 82 años no podrí­a agacharse donde quisiera y simplemente beber cuanto quisiera. Menos aún si tenia que moverse entre los pedrolos como habí­a hecho yo. Y en un dia tan caluroso, tenia que ser un suplicio poder beber solo en determinados sitios fí­sicamente accesibles para un hombre de su edad. Así­ que volví­ a bajar al agua y le rellené y pasé varias veces la botella. Cada vez que bebí­a se llevaba la mano al pecho y se frotaba repitiendo lo buena que estaba, disfrut ando del placer de sentirla bajar fresquita. Tal era la expresión de su cara que, ahora, cada vez que bebo agua en un dí­a de calor, me acuerdo de él, y le presto más atención a esa sensación para disfrutarla cuanto pueda, por sencillo que parezca el disfrutar del agua pasar por la garganta.

Así­ que me acerqué de nuevo a la moto, saqué lo que me quedaba de las provisiones de queso, cecina, chorizo y pan de picos. Compartiendo la botella y las vi andas, nos tiramos charl ando un rato más. Me impresionó muchí­simo que cada pedazo que cogí­a lo mordisqueaba poco a poco, disfrutándolo. En total no se si se comió solamente tres o cuatro trozos de chorizo, uno de queso y un par de cecina. El remate fue cu ando sin preguntar y como si fuese lo más natural del mundo, cortó un trocito del papel de plata en el que llevaba el chorizo y envolvió dos pedazos más de chorizo y uno de queso mientras decí­a:

– Par luego.

Qué impresión más gr ande. Cómo valorarí­a ese hombre el sabor de algo tan exótico, alli arriba, como el chorizo o el queso de supermercado. Tal sencillez y humildad, que no sé si era por respeto o por costumbre de austeridad extrema, pero no comió apenas y se guardó aún menos para disfrutarlo después. Me dejó de piedra. A mí­, con mi moto cargada de trastos y accesorios, con mi uniforme de motorista y mis pretenciosas costumbres de ciudad moderna donde lo sencillo y lo simple ya parecen no existir.

Le di todo el resto de mis provisiones. Y le habrí­a dado dinero, si le hubiera servido para algo. Pero allí­ arriba tení­an más valor una bolsa y una botella de plástico que cualquier papel verde.

Su cara, de felicidad, como un niño que ha encontrado un tesoro muy valioso.

No se me olvidará jamás.

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El hombre con la bolsa y la botella dentro. Junto a la moto, se puede comparar el tamaño.